Sobre la innovación y la disrupción
En la icónica 2001, Odisea del Espacio hay una escena que siempre me ha cautivado: al inicio del film, un chimpancé toma un fémur del osario en que se encuentra y lo utiliza como herramienta para golpear otros huesos. Segundos después aparecen otros primates, probablemente de un grupo antagónico, y la herramienta se convierte, de inmediato, en arma. No hallo nada mejor para ejemplificar una innovación y sus usos. ¿Lo charlamos en mil palabras?
La innovación es definida como “mudar o alterar algo, introduciendo novedades” (RAE). Es el caso del chimpancé de arriba, pero el humano también es especialista en innovación: hace cientos de miles de años que usa su inteligencia y sagacidad para cambiar cosas. La mayor parte de las veces, en procesos de construcción paulatinos, como el automóvil, que lleva más de 100 años de innovación continua, o como las formas de gobierno, que intentan perfeccionarse diariamente.
La disrupción, en cambio, es descrita por la misma RAE como una “rotura o interrupción brusca”. Podría ser un cauce de río que se desborda y rompe un puente, la protesta social que un buen día derrumba el muro de Berlín, o la creación del foco, que transforma para siempre la oscuridad nocturna. También podría ser el surgimiento de Internet, que conectó millones de computadoras en lugares inmensamente remotos. La disrupción sucede con menos frecuencia que la innovación, pero cuando pasa, genera un torbellino físico, intelectual y emocional.
Mi pregunta, hoy, es: “¿qué tanto nos han funcionado la innovación y la disrupción para conectarnos mejor con nuestra humanidad?”
Tengo una respuesta dubitativa y contradictoria. A primera vista, uno pensaría que la innovación nos ayuda a adaptarnos mejor al medio: aire acondicionado, vehículos para transportarnos, maquinaria para producir más, ciencia médica para no morir de tuberculosis o cáncer, tecnología para escribir o comunicarnos, inteligencia artificial, y millones de etcéteras. ¡Hasta dicen que gracias a ella llegamos a la luna!
Claro, nada se hizo sin procesos de ida y vuelta: el historiador E.P. Thompson, por ejemplo, tiene excelentes relatos de cómo la invención del reloj aportó novedades como el control del tiempo de trabajo, que dejó de ser “de sol a sol”, para convertirse en exageradas jornadas de 14 o 16 horas a las que, años después, los obreros reaccionaron usando el mismo artefacto -como el chimpancé de Kubrick, que lo usó a su favor- para exigir derechos laborales de 8 horas.
Pareciera que todos los procesos de innovación pasan por un tiempo de aceptación y negación antes de instalarse en nuestra realidad: otro ejemplo es la creación del pasaporte con fotografía (antes de su aparición se empleaban cartas salvoconducto), que al irrumpir en las fronteras fue visto como algo que “atentaba contra la privacidad” pero luego fue mundialmente aceptado. Hoy, con la magia del reconocimiento facial, que te permite abrir el teléfono con una sonrisa, también tenemos un fuerte debate, pues si bien es útil, su uso incluye la posibilidad de ser acosado e hipervigilado.
Mi percepción es que no es la innovación o la disrupción en sí misma, sino su uso. Como me dijo un entrevistado años atrás, “el cuchillo no es el culpable”: empleamos la energía atómica para generar electricidad, pero también para asesinar; fabricamos autos, pero contaminamos el planeta; extraemos petróleo, pero agotamos los recursos. Y así, ad infinitum.
Arguyo que la innovación es un acto de doble filo: implica cambios, pero no sabemos si son evolutivos o involutivos. Otro buen ejemplo es la tecnología militar: sus aplicaciones son primero bélicas, y luego civiles. No siempre son para matar, pero sí para ejercer algún tipo de dominio, lo que me devuelve a la pregunta inicial: ¿sirven para conectarnos mejor con nuestra humanidad?
Algunos estudiosos hablan de la innovación según sus alcances: de nicho, incremental, revolucionaria, o arquitectural (Bramwell & Lane, 2012). A mí me gustaría proponerle un sentido social: ¿individualista o comunitaria? Si el aire acondicionado nos permite estar cómodos en casa mirando Tik Tok toda una tarde, es un beneficio individual; si nos ayuda a mejorar las condiciones de un asilo de ancianos, entonces sería comunitario.
¿Y si los ancianos solo ven Tik Tok? ¡Estamos jodidos como sociedad!
En los años por venir será muy importante analizar el valor de las innovaciones frente a la naturaleza y el medio social. En la segunda colaboración de esta serie mencioné a Bruno Latour y sus preguntas durante la pandemia: “¿Qué estaríamos dispuestos a dejar? ¿Qué actividades deberíamos eliminar?” Yo me permito agregar: ¿estamos frente a algo que nos hace más cómodos, más inútiles y menos exigentes con nosotros mismos, o permite una mejora social/ambiental? Si no nos ayuda a resolver, tal vez deberíamos reconsiderarla.
En las condiciones actuales del mundo necesitamos más disrupción que innovación: durante siglos acumulamos tanto conocimiento que hoy deberíamos ser capaces de discernir entre lo utilitario y la banalidad. Es tiempo de cuestionar mucho de lo existente, de volver a lo básico que nos permite estar más cerca de la familia, de la sociedad, de la propia naturaleza y reaprender a comunicarnos con ella.
Es demasiado tarde, pero aún podemos salvar lo que queda para los sobrevivientes del boom de crecimiento superfluo del siglo XX. Los recursos que podamos rescatar les servirán en los años críticos por venir. Es tiempo de generar disrupción, de romper lo existente, de replantear prioridades.
Los humanos tenemos una habilidad muy especial: la de soñar e imaginar mejores mundos. Lo hemos hecho en procesos reflexivos profundos, con el uso de drogas o sin ellas; de forma individual o en talleres grupales: es el valor de la utopía. ¿No será tiempo hoy de que le preguntemos a la humanidad qué requiere, verdaderamente, y vayamos en ese camino de rescate ambiental y social?
Actuemos pronto, que todo indica que este sistema tiende a la autodestrucción: no nos vaya a pasar lo mismo que a Hal 9000, la computadora de 2001 Odisea del Espacio, que para cumplir su misión, decidió deshacerse de la humanidad que la tripulaba.