Para leer el futuro
En esta penúltima colaboración de la serie llamada “Tiempo y vida”, en la que hemos reflexionado sobre las herramientas para reconectarnos con nuestra humanidad, me interesa prestar atención a la importancia de la visualización del futuro, algo que a los humanos nos apasiona. ¿Lo hablamos en Mil Palabras?
¿Es posible adivinar el futuro? Me atrevo a decir que sí, pero haré algunas acotaciones: depende del plazo, depende de la situación, del grupo social, y de los términos en que queramos analizarlo. El futuro nos ha cautivado desde siempre: es totalmente incontrolable y sin embargo es, al mismo tiempo, el resultado de nuestras acciones diarias. El futuro es una paradoja.
Es fácil leer (o ver, pues muchos libros de ficción han sido llevados a la pantalla) a un Huxley, un Orwell o un Bradbury para después encontrar analogías de situaciones que nos ocurren hoy y que fueron previstas decenios atrás; es factible encontrarnos en Metrópolis, Blade Runner, Idiocracy, 12 Monos, Naranja Mecánica u otra película futurista de culto y reconocer nuestro presente en ellas; hasta Nostradamus y la mitología son fuente de información, cuando nada está seguro.
Y es que, a primera vista, el futuro es ficción, mitos y mucha imaginación, pero una vez que vamos hacia la esfera formal, el futuro es mucho más: tendencias tecnológicas, vaticinios ambientales, análisis sociales y data extrapolada que intenta con la historia vivida, adivinar la que será, o al menos acercarse a ella: leer el futuro, pues.
He tenido la sensación de venir del futuro cuando trabajo en un proyecto en el espacio rural. Por ejemplo hace unos meses, en Guyana, o años, en Perú, donde me di cuenta que lo que ahí sucedía aconteció en otros sitios antes: gentrificación, cambio de visión social, economicisimo, “desarrollo”. También me he sentido venir del futuro cuando comienzo a trabajar con una organización en la que encuentro problemas que hicieron fracasar a otra. Lo mismo cuando hallo un hogar que pasa por conflictos vistos en otros: se puede leer el futuro desde lo acaecido en otros sitios.
También se puede leer el futuro observando el pasado: hace tiempo, por ejemplo, comentaba cómo el pasaporte suscitó una amplia serie de debates sobre la privacidad al principio del siglo XX. ¿Cómo no entender el debate que genera hoy la toma de datos biométricos? Podríamos, asimismo, predecir la crisis inmobiliaria que se viene, estudiando las posibilidades de compra de vivienda de los jóvenes con bajas percepciones salariales. Alguien futurizó, cuando recién me mudé a Mazatlán, que un día los hijos del Chapo se pelearían el territorio con los hijos del Mayo: se sabía que pasaría, aunque no se tuviera precisión del momento.
Hoy por hoy podríamos señalar visiones optimistas y pesimistas del futuro: los primeros nos ven tecnologizados, con robots, con un alto nivel de vida en el que tendremos menos trabajo, más tiempo para descansar, más ocio. Para ellos, el mundo alcanza para todos y tiene posibilidades infinitas porque los humanos solucionaremos los retos que se nos plantean: frente a la falta de alimentos, tendremos producción industrializada; ante la escasez del agua, habrá plantas desalinizadoras, y ante la contaminación, encontraremos energías alternativas: somos tan eficientes, que colonizaremos otros planetas y hallaremos todo lo necesario: ¡el universo es infinito!
Los segundos ven un escenario complejo, en el que el exceso de tecnología y modernidad tiene consecuencias de salud, pérdida de habilidades de sobrevivencia, exceso de dependencia tecnológica y hasta idiotez. De acuerdo con su data, el planeta enfrenta la sexta extinción más grande del planeta, la contaminación y el calentamiento global han llegado a un punto irreductible, vivimos una época de hipervigilancia, y las prioridades gubernamentales están en el gasto militar, no en la educación y la formación. Yo mismo, desde esta trinchera he insistido que hemos perdido la conexión con nuestra humanidad, al grado de poner como objetivos centrales el dinero y la satisfacción personal, lo que en el largo plazo demostrará nuestra inviabilidad como especie.
¿Cómo leer estos dos escenarios opuestos y cuál es real? Ésta es mi opinión:
- Ambos escenarios son reales. Debemos entender que el futuro no será el mismo para todos: cada persona, región, grupo social, espacio político y organización lo vivirán de un modo distinto. Es difícil generalizar para diez mil millones de seres humanos.
- Aunque no tenemos una bola mágica, hay certezas: a) la desigualdad social planetaria no disminuye; b) enfrentamos condiciones ambientales que requieren una urgente adaptación; c) la expansión demográfica del planeta continuará hasta el año 2080 al menos; d) no podemos colonizar otros mundos: la tierra es nuestro único hogar hasta hoy.
- Para comprender el futuro debemos pensar más allá de la tecnología: es interesante que haya autos voladores o anfibios y que podamos salir a la estratósfera, pero ¿qué hay de las guerras, del racismo, de la opresión, del funcionamiento de la familia, la sociedad y el medio ambiente? A esto es lo que llamo “desconexión de nuestra humanidad”. Observar, leer y analizar, serán centrales para reconectarnos y revertir lo que no nos gusta.
- Solo hay una realidad, aunque cada uno tendamos a justificar nuestra propia verdad. Independientemente de ello, las certezas enunciadas en el punto 2 serán las que rijan el futuro. Para nuestra mala suerte, la mayor parte de los humanos debatimos a nivel emocional y no racional; no obstante, debemos separar “lo que nos gustaría que pase”, de “lo que está pasando” y de “lo que es más factible que pase”, y adaptarnos.
- A pesar de que cada vez más humanos son conscientes del riesgo ambiental, los cambios paradigmáticos solo suceden cuando una mayoría los decide: mientras este sistema prime el régimen de acumulación, los menos tendrán siempre más y los más, tendrán siempre menos, siempre a costa de los recursos naturales. Si esperamos a llegar al punto de ruptura social global o de crisis climática humanitaria, será demasiado tarde.
Sin duda deberíamos leer y ver más historias de ficción: es la única forma de recordarnos que todas -o casi- implican caminos sin retorno.