Terminé de leer el segundo tomo de Eiji Yoshikawa, “Taiko 2”. Del primero hice una larga reseña hace casi diez años. Me impresiona que haya pasado tanto tiempo, tan pronto. Este segundo volumen cayó en mis manos hace unas tres semanas, cuando buscaba un regalo en una librería. No sé regalar otras cosas.
Pero dejemos lo banal y volvamos al tema, porque líneas adelante el objetivo de este texto se desdoblará de nuevo: no quiero perder, por ahora, el hilo. Nuestro héroe, primero llamado Tokishiro y luego Hideyoshi, fue uno de los artífices de la unificación del Japón. Junto con Oda Nobunaga y Tokugawa Ieyasu, marcaron el fn de una época de señores feudales que guerreaban entre sí, y abrieron el camino a la restauración del imperio, en particular del periodo Edo (1600 en adelante). No fue que los tres hombres y sus ejércitos se unieran, sino que sus acciones encaminaron -voluntaria e involuntariamente- esta consolidación: Hideyoshi fue vasallo de Nobunaga; Ieyasu fue siempre una fuerza contraria que aglutinaba otra zona, pero al final, los tres consiguen la estabilidad. El periodo de este libro va de 1579 a 1583.
Su historia es más que un rompecabezas, es un curso de estrategia. Dice el libro en sus primeras páginas que estos personajes tenían rasgos muy particulares y reaccionaban de formas muy distintas. “¿Qué habría pasado si quisieran que un ave cantase pero ella no lo hacía?” se pregunta el autor: “Nobutaga habría dicho ‘Mátenlo’; Hideyyoshi lo habría convencido, y Ieyasu habría esperado pacientemente.” Esta frase, dice el autor, es usada en los libros de educación pública todavía.
Esta novela histórica fue escrita por alguien que nació en 1892, se imprimió en un periódico en 1937 (en partes), cuando Yoshikawa tenía 45 años, y no fue sino 5 años después de su muerte que se convirtió en libro. ¿Se dan cuenta el tiempo que toma el reconocimiento? Se tradujo al inglés apenas en 1992. Como todas las cosas buenas, tomó años. Lo que no es bueno, todos lo sabemos, está en Tiktok.
Volvamos. Volvamos al libro, antes de partir a la utopía: en casi 400 páginas, Yoshikawa nos llevará por el Camino del Samurai, los pasillos de los castillos feudales y por un pasado donde un sistema muy particular de ética reinaba. Los señores feudales dejaban a su familia en calidad de rehenes en otros castillos, el honor militar era tal vez lo más importante y con ello la fidelidad al gran señor. Huír, capitular, ser hecho prisionero era frecuentemente el deshonor más grande y había que cometer el seppuku (cortarse el vientre con su propia espada) para salvar el nombre del clan; imposible matar por la espalda o a sangre fría. Eran tiempos de monjes, campesinos, concubinas, y esposas sumisas y abnegadas porque eso sí, habría que reconocer que en el Japón de entonces pocas mujeres salían de la esfera del hogar.
Digno de mención, un pasaje en el que se habla de los misioneros europeos que ya para entonces se instalaban en la isla. Sus modos no distaban mucho de los que empleaban en otros sitios colonizados: enseñaban latín y música a los niños de los nobles, daban remedios médicos y hacían servicio social y, por supuesto, daban presentes a la población en épocas específicas. ¿Dónde habremos leído eso antes?
En una de las conversaciones entre Nobunaga y un comerciante, el primero come pastelillos europeos y el comerciante le advierte de no comer tantos porque contienen una cosa llamada azúcar: “Si no es un veneno, desde luego tampoco es saludable -respondió Soshitsu-. Los alimentos de las tierras bárbaras son espesos y suculentos, mientras que nuestros alimentos japoneses tienen un sabor más suave… Si os acostumbraís a comer azúcar, ya nunca estaréis satisfecho con nuestros dulces”. Sigue después una discusión entre el señor feudal y el comerciante en que el primero defiende la importación de productos del sur, mientras el otro manifiesta sus temores por ello llevando la analogía del azúcar a la religión extranjera: “en menos de diez años, millares de personas han abandonado los altares de sus antepasados y se han convertido al cristianismo[…] Vuestra señoría acaba de decir que estaría bien mascar todo cuando llegue a Japón y escupir lo que no sea bueno, pero la religión es especial y no puede ser tratada de esa manera”.
Un texto con reflexiones potentes, no tengo duda porqué fue, por muchos años, importantísimo en el Japón. Sin duda una de las escenas que más amé es aquella en la que el señor de un castillo debe entregar su fortaleza por un acuerdo entre las partes en conflicto en la guerra y la única forma de que lo haga es cometiendo el seppuku. Éste decide hacerlo en una barca, fuera de su castillo, acompañado de sus fieles y con un observador de Hideyoshi, el ganador, que comienza diciendo:
“-Tengo un mensaje del señor Hideyoshi. La paz habría sido imposible sin vuestro consentimiento en este asunto… quisiera que aceptéis esta ofrenda como un pequeño símbolo de sus sentimientos. […] Un barril del mejor sake y varias exquisiteces fueron transferidas de un bote al otro.
El júbilo llenaba el semblante de Muneharu
-Esto es inesperado. Y, si es un deseo del señor Hideyoshi, lo probaré gustoso. [Lo bebe y se emborracha un poco…] Por favor, general Horio, disculpad mi torpeza, pero quisiera llevar a cabo una danza final. -entonces se volvió a sus compañeros y les dijo- : no tenemos tambor pero os ruego que llevéis el ritmo batiendo palmas y cantéis. […]
En cuanto cesó el cántico, Muneharu volvió a hablar claramente.
-General Mosuke, os ruego que contempléis esto atentamente.
Mosuke alzó los ojos y vio que Muneharu se había arrodillado y abierto el estómago en línea recta con su espada. Mientras hablaba, la sangre había teñido de rojo el bote.
-¡Yo también voy hermano!- gritó Gessho, abriéndose a su vez el vientre. Después de que los vasallos de Muneharu hubieran entregado la caja que contenía su cabeza cortada a Mosuke y regresado al castillo, siguieron a su señor en la muerte.”
Lo que se lee, por más novelado que sea, habla de un período en la historia en el que el honor era distinto. Por supuesto, evitaremos romantizarlo todo, ocultando que también hubo traiciones, o quienes se vendieron al enemigo, además de asesinatos y luchas fraticidas sin más interés que el poder, pero sin duda hay un enorme halo de una moral distinta y un enorme componente de la mística que construyó al Japón y se refleja todavía hoy en su presente.
Me quedo pensando que esta dualidad humana de hacer la guerra y hacer la paz se refleja también en dos herramientas que siempre han ido de la mano, frecuentemente cruzándose en los caminos de la virtud y la vileza: la espada y la pluma. Les dejo este texto:
La espada y la pluma
(Samuel B.M.G.)
Una conquista el territorio, la otra lo consolida y define: no hay acuerdo que se sostenga en el filo de una hoja acerada, pero el papel lo aguanta todo. En tiempos de paz, cuenta más la tinta que la sangre.
Pluma y espada han sido aliadas: nos trajeron la biblia de la mano de la amenza; escribieron una constitución tras verter la sangre de miles de inocentes; Julio César murió apuñalado por una punta de acero, después de asesinar a muchos con su pluma.
Pero también han sido acérrimas enemigas: la espada resuelve la traición de la pluma y ésta causa las batallas que la otra ha de enmendar; la carta de amor que lleva odio, con la sangre de la espada se escribe; el rencor pinta de rojo la historia de pasión. La pluma puede ser encono, y la espada justicia.
El suyo es un destino irremediablemente unido: guerra y paz en una mano; violencia y reflexión en la otra.
“Pluma y espada”, como “Dios y honor”, generan acuerdos y desacuerdos.
La pluma y la espada, instrumentos del dominio y de la salvación.
Acerca de la imagen y el libro
¿Qué puede haber más bonito que la imagen de un símbolo escrito que significa “espada”?
Taiko 2: Hideyoshi en el poder. Eiji Yoshikawa (2011) [1967]. Ed Quaterni. 392pp.