Escribir es un acto militante: nadie lo hace sin pensar, aunque unos se esfuercen en probarnos lo contrario.
Escribir es como lanzar una cometa al aire: las condiciones del medio son esenciales para un vuelo eficiente. Si mengua el viento o es demasiado, caerá o se extraviará en el infinito; poco hilo genera resistencia, y demasiado lo hace errático; ha de haber descampado y pocas -o ninguna- nubes. Hay que saber soltar, recuperar, observar, mantener el ojo en el objetivo.
Nadie vuela sin ánimos, nadie escribe sin propósito.
Acaso las mejores experiencias sean en solitario, con observadores lejanos y un piloto concentrado en el cielo, meditabundo. Sólo hay un hilo conductor: extraordinarios son los episodios a cuatro manos.
Y aunque importa la forma, el material y el tamaño del lienzo, es más trascendental el proceso, la habilidad de condución, la destreza para abstraerse de otros mientras lo miras elevarse y ser, tejer su ruta. Una vez estabilizado, juegas con él: atraes, sueltas, estiras, das giros; como un ejercicio de domesticación.
Cuando el viejo partió, mi cometa quedó en el suelo. Hoy, intento crear nuevos propósitos e intenciones, aclarar mis militancias. No quiero, no puedo, repetirme y volar el mismo papalote, en condiciones idénticas: aunque funcione como acto tranquilizador, me atormentaría reincidir.
Escribir es formular una sutil mezcla de realidad y ficción, porque emula nuestra existencia: vivimos entre la dureza del día, las posibilidades del mañana y la evasión onírica. Si no lo has notado, en eso transitan las 24 horas humanas: entre lo que pasa, los que se espera hacer y lo que se desea que suceda.
Al igual que con la cometa, te pido que dejes las letras revolotear: imagínatelas pero no las aprehendas; compartamos un tramo de ruta y construyamos la propia; acompaña mi proceso para diseñar el tuyo. Elevémonos, pues al final, la esencia de leer es volar.
Ya habrá tiempo para posarse en la dura geografía de la realidad.