Para reconectar con el planeta: redes y el parlamento de las cosas (Latour 2)
En la colaboración anterior referí a tres argumentos que hacen que Bruno Latour sea una voz central en la (re)construcción de nuestra relación con el mundo: 1) Tenemos que aceptar todas las formas de pensar, por disímbolas que sean; 2) Requerimos más información para comprender las redes de actores, y; 3) la vida en este planeta depende de la relación entre todos sus componentes, y no solo de los humanos. Hoy profundizaré en ello, antes de avanzar a otros temas. Perdón si peco de académico, pero intento, desde los márgenes, explicar ideas generales.
Cuando comencé mi tesis doctoral, leí un documento que estudiaba dos poblaciones en California (USA). Ambas habían vivido el boom del petróleo y, a pesar de ser costeras y tener mucha relación con el mar, una se había vuelto fea y dado la espalda al océano haciéndose más industrial, mientras que la otra había hecho todo lo posible para mantener una vida costera y animada. ¿A qué se debía? En pocas y muy simplificadas palabras, en una de ellas, una red de actores había trabajado en la preservación de una identidad y tradición, mientras la otra se había dejado llevar por la despersonalización industrial.
Curiosamente olvidé ese documento por dos o tres años hasta que comencé a usar la teoría del actor-red, de Latour y me di cuenta que ahí estaban muchas de las respuestas que buscaba para el fenómeno turístico: la información pasó frente a mis narices, solo que yo no estaba listo para comprenderla. Fui entrando lentamente al pensamiento latouriano y hoy estoy convencido que apenas lo comenzamos a comprender, incluso en los círculos “científicos”, donde ha sido muy debatido. A veces la información está, pero no sabemos analizarla.
Después de pasar por los estudios de la ciencia y mucha filosofía, al inicio del siglo XXI Latour se volvió más consciente de la importancia de la ecología aunque discutió hasta su muerte nuestra forma de comprenderla: no -dijo- no se trata de una madre tierra, ni de una Gaia que tiene inteligencia y se autobalancea; tampoco “está viva” como un organismo único. Lo que tenemos, –afirmó– es una suma de millones de años y millones de seres y materiales que se conjuntaron hasta crear el planeta que hoy tenemos y es, para nuestra fortuna, un espacio único -una franja de vida muy estrecha entre el subsuelo y la atmósfera- en el que nos podemos desenvolver… pero tiene límites y nosotros tenemos una gran influencia en él.
“Cara a cara con el planeta” es uno de sus libros en el tema, pero hay más: en todos ellos insistirá que tenemos que reconocer que la red planetaria se conforma de seres humanos, seres animales, cosas, fenómenos, materiales, geografía, pensamientos, historia, etc., y que todos, al final, tienen una relación política: sería imposible entender (y esto lo dice J. M. Zaragoza, en otro libro excelente que explica el pensamiento latouriano) las crisis de migrantes y naufragios en el Mediterráneo, sin pensar en la historia de África, y la explotación colonial, además, de la crisis climática.
Latour propuso entonces un interesante ejercicio que se llevó a la práctica en algunas universidades, denominado El Parlamento de las cosas. En él, a manera de esos ejercicios escolares que replican la Asamblea General de la ONU, la asamblea se amplía para tener representantes de los océanos, de las ballenas, de los delfines, las montañas, los ríos, empresarios y así, para escuchar planteamientos disímbolos sobre la construcción, por ejemplo, de una represa. Ejercicio complejo, sin duda, pero que justo va en el sentido de circular información y comprender las redes de actores, antes de tomar decisiones. ¿Acaso no sería un ejercicio interesante para nuestras comunidades, escuelas y barrios?
Durante la Pandemia y aprovechando el espacio de reflexión que generaron esas semanas, días y meses de aislamiento, Latour ofreció un ejercicio con tres preguntas en torno a la pregunta central de ¿Dónde aterrizamos tras la pandemia? Estas fueron: ¿Qué debería ser detenido? ¿Qué debería ser desarrollado? ¿Cuáles son las actividades y comportamientos, ahora suspendidos, que esperas que vuelvan o se desarrollen de nuevo, o incluso reinicien desde cero? Un ejercicio para reflexionar en nuestras comunidades, aún válido.
Para nuestra mala suerte o infortunio, el proceso generado por la pandemia, que nos encaminaba hacia la profundización y el cambio, terminó sepultado bajo la “nueva normalidad” que, en lugar de llevarnos hacia una humanidad más abierta al debate y la comprensión “fuera de la caja”, nos devolvió a un mundo más miedoso, inseguro, con cubre bocas, millonarias vacunas y polarizado, en el que el pensamiento crítico y cuestionador fue acusado de “anti-sistema”, de retrógrada, sedicioso y negacionista.
¿En qué momento decidimos como sociedad que estar en desacuerdo es un ataque a la humanidad?
Los tiempos actuales, del imperio de las redes sociales y los medios de comunicación fragmentados replican, cada día más, ese miedo: fraccionamientos cerrados, comunidades de “mono-pensamiento”, universidades “de izquierda” o “de derecha”, partidos políticos que no aceptan la autocrítica y códigos de conducta urbana que niegan el debate. Impresionante como parece, “idiocracy” (Mike Judge, 2006), comedia de Hollywood bastante crítica de nuestra humanidad, ubicada en el año 2500, parece haberse adelantado 480 años.
Pero así somos los humanos: justo cuando la abundancia de alimentos, de medios de comunicación y de información, podría motivar una subida del nivel de conciencia social y ambiental, sucede lo contrario: nos aislamos. Es por eso, querido lector, que El Parlamento de las cosas, las preguntas de Latour en la pandemia, y su propuesta de análisis de redes pueden ser grandes herramientas para (re)construir nuestra humanidad y estar prestos al cambio. Ojalá te animes a usarlas y ampliar los horizontes de la lectura.
En una semana, otras ideas.
Para saber más:
Idiocracy (https://archive.org/details/Idiocracy_201507)
Componer un mundo en común. ¿Por qué necesitamos a Bruno Latour? Juan Manuel Zaragoza Bernal