Cosmogonías
Probablemente la definición más contradictoria que he encontrado en la RAE (Real Academia Española) sea la de “Cosmogonía”. Cito: “1. f. Relato mítico relativo a los orígenes del mundo; 2. f. Teoría científica que trata del origen y la evolución del universo” [i]. Las letras itálicas son mías y resaltan los notorios polos opuestos: de lo mítico a lo científico. ¿Lo reflexionamos en mil palabras?
La cosmogonía es entendida regularmente como “un modelo que intenta explicar el origen del universo y de la propia humanidad”. Esta última definición es de Wikipedia. Cada grupo cultural tiene una e, increíble como pudiera parecer para el ojo poco entrenado, la cosmogonía, ese “de dónde venimos” define muchas cosas en la política diaria: formas de castigo social (lapidación, destierro, excomulgación), de relación con la naturaleza (respeto por los animales debido a la reencarnación, calendario lunar, tipo de alimentación), estilos de gobierno: derecho “divino” (reyes, emperadores), o pueblos “llamados” a colonizar/defender ciertas tierras, entre muchas otras.
La cosmogonía pareciera un concepto para antropólogos, pero no lo es.
Ejemplo de su impacto en la historia: hasta 1787, en Francia, la única religión permitida era la católica. Voltaire, un escritor de la época hizo, más de 25 años antes, un texto llamado: “Tratado sobre la tolerancia con ocasión de la muerte de Jean Calas”, en el que tomaba como caso de estudio la trágica historia de una familia protestante que había sido condenada, básicamente, por sus creencias religiosas, aunque el caso fue presentado como el del asesinato de un miembro de la misma familia. Este libro es un clásico y aunque Voltaire murió antes de que el rey aprobase el “edicto de tolerancia” que permitía otras religiones, hoy sigue siendo muy valioso.
Voltaire llamó a la prevalencia de la “verdad y la razón” sobre las ideas religiosas. Sus ideas fueron precursoras de la Revolución Francesa: laicidad, objetividad, ciencia y respeto a los derechos humanos. Occidente parecía dejar el oscurantismo.
Pero con los años “razón y verdad” fueron usadas a modo: en los pueblos colonizados de África, América, Asia y Oceanía, siguió prevaleciendo una tácita, pero muy real, mancuerna entre el poder y la iglesia y, peor aún, “verdad, y razón científica” se aliaron con el derecho divino: como resultado, los pueblos originarios y gobiernos que habitaban dichos continentes fueron llamados paganos y por supuesto, faltos de verdad y razón, pues la ciencia (teóricamente separada de la religión, pero aliada del poder), era lo que importaba.
De nada sirvió el derecho divino de los pueblos originarios colonizados, ni el calendario lunar, su propiedad milenaria sobre las tierras, o sus avances tecnológicos que, a lo sumo, fueron absorbidos, mas no reconocidos. De “adoradores del sol” y “bárbaros”, nada nos salvó: el saber “científico” se impuso sobre el ancestral, a pesar de ser más antiguo que los reyes y las repúblicas.
¿Cuándo decidimos que la razón estaba en la ciencia de Occidente?
También en el Nuevo Mundo (que de “nuevo” no tenía nada, pues es igual de viejo que el resto de la tierra), cuando comenzamos a explicar las cosmogonías, a “salir de la idolatría”, nos hicimos (o nos quisimos) científicos, y le dimos más valor a la “verdad” que a los sueños; al presente, más que al mito o la historia; al libro de ciencias, más que al abuelo que había estudiado a la luna por años. Todo lo “no científico” se volvió, por acuerdo tácito, mito, ficción, mentira, irreal.
Tal vez uno de los ejemplos más fehacientes sea nuestra mirada selectiva hacia la luna: sí, sabemos científicamente que afecta las mareas, que tiene un impacto en el ciclo menstrual, que el crecimiento de las plantas y hasta nuestro cuerpo es afectado por ella, pero el discurso dominante lo ignora: apenas algunos agricultores, los que vienen de ese mundo “pagano” e “ignorante” saben que hay épocas de siembra y otras de poda; de cosecha y riego. Pocas mujeres y hombres consultan el calendario para sus actividades. Lejos de sumar ciencia y conocimiento ancestral, decidimos borrarlo: importa el calendario solar, con sus 365 días, 52 domingos, horas de trabajo y productividad, no la luna y su sabiduría.
Las ciudades, modelo de desarrollo “exitoso”, se olvidan de la naturaleza, desertifican y “limpian” terrenos para después poner un jardín en el penthouse; no solo cerramos y bardeamos nuestros lotes, sino la propia naturaleza: tuvimos parques y bosques de libre acceso, hoy tenemos “áreas protegidas” que cuidamos e incluso cercamos, ¿de quién? De nuestra propia destrucción, porque la cosmogonía contemporánea parece reconocer solo a un Dios: el Dinero. Sí, los humanos amamos el campo, pero siempre que tenga condiciones de ciudad: internet, pavimento, fumigaciones, cemento.
En nuestra cosmogonía no está más el aprendizaje a través de un poco de sufrimiento; de nuestra cosmogonía también se desterró el respeto irrestricto por el agua y la tierra: a los pocos que denuncian, o que explican cómo es la vida más cercana a la naturaleza, les llaman arcaicos. Así fue visto Henri Thoreau, cuando escribió Walden; así son señalados los bichos raros del ambientalismo, porque para la “ciencia” hoy, bastará con “bioremediación”, “inteligencia artificial” y “tecnología” para recuperar la naturaleza que hemos destruido.
¿Nos hemos alejado demasiado de nuestras cosmogonías ancestrales?
A principios de 1800 Humboldt, el viajero, anotaba que las formas occidentales de producción depletaban los bosques de América. A más de 200 años, seguimos manejando un modelo extractivista que poco o nada devuelve a la tierra; los pocos que intentan impactos positivos, lo hacen porque es un “buen negocio” (ya hablaremos del turismo regenerativo) … ¿Hemos dejado de soñar, de pensar en mundos alternos, en mejores tiempos, en otras visiones del mundo?
Hoy, más que la verdad propia, importa que comprendamos que si medimos con un metro, hallaremos centímetros. Tal vez la vara requiera sustituirse por una que recupere algo de nuestra cosmogonía original que sí, tenía mitos y ficciones, pero también observa, hace miles de años, la realidad: las estrellas, la luna, la tierra, el mar.
El combo de “desarrollo, ciencia y razón”, ya nos salió bastante caro.
[i] https://dle.rae.es/cosmogonia