Contra la diferencia que estandariza
Perdón si insisto en notas de tinte académico, pero estos aprendizajes provienen de reflexiones que debo al proceso de síntesis entre teoría y práctica. Hoy quiero hablar de la diferencia, en particular de cómo el discurso dominante ha usado esta palabra para hacer justamente lo contrario: estandarizar al mundo. Vamos, de nuevo, en mil palabras.
Permítanme comenzar muy atrás, con uno de los escritores e investigadores que más hablaron de “el otro”, de ese proceso humano de señalar a los demás, a las culturas diferentes, y de atribuirles ciertas características: Tzvetan Todorov.
Todorov emigró de la Bulgaria comunista hacia Francia a los 24 años, para hacer sus estudios. Uno de sus intereses fue comprender cómo nos percibimos entre culturas, es decir “cómo es el otro”. Uno de sus campos de estudio fue México. Su libro La conquista de América: el problema del otro, trata precisamente de la manera en que los antiguos mexicanos percibieron al europeo, una mirada radicalmente distinta a la clásica, cuyo interés se había centrado en lo opuesto: la percepción de los europeos hacia los indígenas americanos, es decir, en la mirada de los vencedores.
Todorov, en cambio, se centra en los conquistados: ¿cómo vieron al conquistador, con todas sus armas y parafernalia, con sus cultos y dios? Es un texto que debería estar en todos los libreros y ser más importante que el mismo Quijote.[i]
Como acá solo tenemos mil palabras, me referiré ahora al presente, desde mi reflexión y experiencia personal: quiero centrarme en cómo el llamado “Occidente” ha contribuido a borrar la diferencia, curiosamente, desde el discurso opuesto, que dice reconocerla y fortalecerla.
Mi tesis es que si bien es cierto que la llamada globalización es un proceso de homogenización cultural y económica que comenzó el día 1 de la humanidad y ha pasado por distintas fases, los años más recientes, en particular desde la década de 1980, han exacerbado este proceso: así como entre los ambientalistas se denuncia la sexta extinción masiva de especies, entre los estudiosos de las ciencias sociales deberíamos hablar de la pérdida crítica de la originalidad cultural.
Es así: la expansión demográfica desde 1950 hasta hoy no tiene parangón en la historia, pues pasamos de 2,500 a 8,000 millones de seres humanos en tan solo 70 años. Curiosamente, lejos de generar culturas distintas, éstas se han amalgamado de forma impresionante: a ello contribuyó, en una primera etapa, la propagación de los viajes transoceánicos, luego la televisión, y finalmente la tecnología analógica y su sucesor digital, pero siempre con un discurso: el desarrollista.
Los años 1980 fueron cruciales porque la posibilidad de llevar un mensaje se multiplicó exponencialmente: gracias a las cintas, videocasetes, discos láser y mecanismos de almacenamiento digital dejó de ser necesaria la transmisión en tiempos específicos, para hacerse “a la carta”: en el momento en que el público quería la información, podía acceder a ella, desde cualquier lugar donde hubiera un aparato reproductor y energía para hacerlo funcionar.
Gracias a estas tecnologías, los emisores de información, que la habían producido desde la posguerra (Hollywood, la BBC, las cadenas europeas), han sido capaces de transportar su discurso a través de películas, música, series, programas de radio, podcast, videos en línea, redes sociales, etc.
Hace algunos meses, todavía dentro de una consultoría que hice en el sur del Rupununi, en Guyana, presenté imágenes de artistas hollywoodenses y figuras públicas de los años ochenta: el 80 o 90% fueron reconocidos por personas que viven a miles de kilómetros de los centros emisores, en comunidades donde no existe sistema eléctrico; menos aún cable o internet. Gracias a esos personajes (Rambo, James Bond, Luke Skywalker y muchos más), la promesa del crecimiento y la libertad prometida por el capitalismo doblegaron las imágenes del comunismo[ii].
Más allá de la bipolaridad mundial (los buenos y los malos, los socialistas y los capitalistas), me interesa resaltar que el reconocimiento de un mundo “diferente” en el que cada pueblo tenía formas únicas de pensamiento (por ejemplo, la resolución 169 de la Organización Mundial del Trabajo, que en su lado positivo reconoce el derecho a la tierra de los pueblos originarios), también dio pie a normas respecto lo que significa “evolucionar”: básicamente, integrarlos al sistema capitalista.
Así fue como los parámetros del buen ecoturismo se establecieron en Madrid, los de la buena siembra en Ginebra y los del eficiente manejo económico en Nueva york. Nada pudieron hacer los pueblos originarios: la estandarización florecía en todos los niveles y la erosión de la diferencia se instaló. Pronto los buenos hoteles tendrían sábanas blancas, las carreteras pavimento y los hospitales las mismas medicinas. La comida rápida (y sus sistemas de reparto relacionados) se extendió por el mundo con marcas globales y procesos estandarizados.
Del reconocimiento a los pueblos originarios, pasamos a la exigencia de criterios de adaptación al cambio climático para todos los proyectos de desarrollo que ellos presentan. Hoy, la presión sobre el territorio, la gentrificación, y la deshumanización se protestan igual en Calcuta que en Valle de Bravo o en Barcelona. Llegamos, sin darnos cuenta, a un mundo en el que el único estándar de calidad y de vida se fija de manera cuantitativa, en términos económicos.
La diferencia existe aún, pero lentamente se extingue con procesos estereotipados. Tema complejo, pues la visión radical llama a las comunidades originarias a quedarse “como antes”, en una especie de ruralidad fijada, mientras otros pensamos que lo que requerimos es un cambio de paradigmas: reconocer las condiciones locales y no guiarnos por los intereses de unas oficinas corporativas en Frankfurt o Pekín; innovar, pero también ser guardianes de nuestras historias y acercarnos a ellas para comprender nuestro medio, el sitio en que vivimos, sin uniformar al mundo por igual.
Pugnamos, en suma, a darnos cuenta que “The west is [not anymore] the best” y que, de verdad, el discurso dominante debería aprender de la diferencia.
[i] Acá hice años atrás, una reseña: (https://andaryegofilosofando.blogspot.com/2008/08/el-corts-que-todos-llevamos-adentro-o.html )
[ii] El comunismo hizo lo propio, claro (El Che, o Mao, por ejemplo). Una excelente película es “Disco and Atomic War”, que relata cómo el rock contribuyó al cambio social en Estonia: https://mubi.com/en/mx/films/disco-and-atomic-war
noviembre 6, 2024 @ 2:19 pm
Si tengo hijos con una persona de una otra cultura/pais, estoy contribuyendo a la homegenización cultural? O lo contrario, produciendo algo diferente?
Es una pregunta al nivel micro, no tan macro como escribiste aquí tan eloquante en mil palabras.
noviembre 10, 2024 @ 5:38 pm
Interesante pregunta, Blake! Supongo que si respetas la diferencia y te adaptas, es una cosa; en cambio, si los llevas a la American School y comen solo hamburguesas, es otra! Saludos!