Me encanta que se suba a la bicicleta, señor político. ¿Qué le parecería ahora dar un paso más y usarla para recorrer unos 5 kms cada día para ver cómo está la ciudad, a otro ritmo, sin vidrios, sin acelerador en pie?
Señor, señora representante popular, presidente municipal, candidate, senadore, diputade, juez, jueza; señor burócrata con pretenciones de representación popular, ¿Me permite unos minutos?
Soy una de esas personas que el día que asumió su puesto le escuchó decir a todo pulmón: “Sí, protesto”; soy una de esas personas que se emocionó cuando oyó que alguien desde la tribuna le leía la histórica toma de protesta:
“¿Protesta usted, fulanito/a de tal, defender guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de (Presidente de la República, diputado, senador, presidente municipal, regidor, juez, secretario de estado, etc) que el pueblo le ha conferido, mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión; y si así no lo hiciere que la Nación se lo demande?”
Soy una de esas personas que cree en la democracia y en la igualdad; en la justicia y en la honestidad; soy uno de aquellos que comparte eso que usted dice, de tener una patria para todos, en la que podamos tener calidad de vida, respeto y paz.
Hace días, meses, semanas, que tengo ganas de escribirle esta carta, pero me he detenido porque no sé cómo hacérsela llegar: pensé plantarme en el palacio de gobierno, afuera de su oficina, en la esquina por donde pasa, en la plaza de la gira a la que acudirá. La verdad es que no me he animado, ni me he dado el tiempo. En eso reconozco algo de culpa. Hoy se me ocurrió hacerlo a través de las redes: ustedes las escuchan, las siguen y hasta postean. ¿Me regala unos minutos de lectura de su preciado tiempo?
Llevo unos 42 años escuchándole, viéndole, tratando de entenderle. Empecé más o menos chico, porque en mi familia siempre hubo interés por las noticias, por saber qué pasaba en el mundo, en la colonia. En casa sí se hablaba de política, y de religión (no de fútbol, porque mi papá decía que no encontraba el interés de hablar de 22 monitos que corren detrás de un balón y de otros miles congratulándose de ello). Siempre nos interesó saber qué hacían usted y los suyos.
Y digo los suyos porque en la medida que los años pasan, caigo en cuenta que se ha agremiado, como los fans del fútbol o de la religión; me he dado cuenta que se reúnen originalmente por ideas y luego por colores, pero me he sorprendido de ver cómo cambian (como los futbolistas ahora) de colores, de camiseta, y de ideas. Me he dado cuenta de que se juntan en grupos, tanto, tanto, que ahora ya son como una clase social, una clase que tiene anteojos negros, carros buenos, casas lindas, ayudantes, un sueldo que viene de nuestros impuestos, y lo peor: que las leyes que hacen son para todos, menos para ustedes.
Me he dado cuenta que tienen más ideas en común de las que pensé: se pelean en público, pero se apapachan en privado; se tapan los secretos, se cuchichean. Eso me tiene preocupado: pareciera que su objetivo es fortalecer y perpetuar su clase, pareciera que se están olvidando que están acá para representarnos, guardar la Constitución y ver por el bien y la prosperidad de la Unión.
La unión nacional, no solamente la suya.
Me encanta, por ejemplo, que le dé escrituras a quienes no las tienen. También me parece excelente que apoye con becas y subsidios a las personas, ¿Qué le parecería ahora extender el ejercicio y quedarse cinco días en esa nueva casa, viviendo cuatro semanas con el gasto promedio de esa familia?
Déjeme regresar un poquito al asunto de la clase política: hace unos años, usted dijo que la corrupción no era bienvenida y ¡claro que le aplaudí! También dijo que los políticos chapulines no se merecían nuevos puestos ni, claro, sumarse al grupo en el poder en turno. ¿Y cómo? Si no comulgaban con sus ideas, habían defraudado al pueblo y solo buscaban la chamba…
¿Qué cree? No sé cómo pero, ¡ya se le colaron varios! ¿Será por eso del gremio de la clase política? Me asombra que lejos de criticarlos, los ande defendiendo. Eso me está causando un dolor, ay, fuertísimo en una parte que no puedo identificar exactamente: el corazón, el ánimo, el respeto, la integridad, el alma. ¿Usted sabe en qué parte del cuerpo están?
Me asusta que se extienda hasta la mano, porque me harían tachar el nombre de otro partido en las siguientes elecciones. Me alarma que se vuelva un virus nacional y que votemos por otros todavía peores y menos honestos, que se ponen la máscara del borreguito, pero traen (¿tendré que decir “también”?) dientes de lobo. Por favor, ¡haga un examen de conciencia!
Hoy, señore representante popular, le vengo a pedir cuentas. Al fin y al cabo usted lo dijo: “Sí, protesto” y hay cosas en las que no está actuando de acuerdo con lo que quedamos. Entiendo que nuestra democracia es joven: 200 años, frente a los ochocientos de Suiza, o dos mil de China no son nada, pero creo que es tiempo de madurar y conectar conciencia y realidad: hay algo que se llama coherencia. Le anda faltando.
Dicen que la coherencia es lo más difícil de tener. ¿Será que usted nos pueda sorprender?
Quiero pedirle que se detenga dos horas en diferentes universidades, tome clases, escuche a los profesores, a los estudiantes, y aproveche para refrescarse las ideas con lo que puedan compartir. ¡Haga de eso un hábito semanal!
Le quiero pedir que se suba al camión y recorra el país. ¿Se acuerda de la historia del rey que se vistió de mendigo y se fue a visitar a sus súbditos? No lo pierda de vista, le va a ayudar a que todos los aduladores que tiene al lado desaparezcan y mire con ojos de realidad; acuérdese también del cuento del Emperador que salió desnudo a hacer el ridículo con su traje invisible.
Y permítame subir de tono, porque no puedo dejar de hacerlo: con todo respeto, le pido que recuerde, es más: le exijo que recuerde, que usted es un representante popular, que esperamos honestidad y justicia; que usted dijo que protestaba guardar la constitución y las leyes que de ella emanaban. ¿Cuándo deja de cobrar por los uniformes de los agentes municipales, las plazas de gobierno, las decisiones de la justicia, los trámites y las licitaciones? ¿Cuándo denuncia a los subalternos que lo están haciendo?
Hágalo sin miedo. Le puedo decir que si usted predica con el ejemplo, le vamos a seguir y apoyar. En México necesitamos ver que alguien toma el riesgo y se avienta el tiro. Estoy seguro (ejem, bueno, más o menos seguro), de que habemos muchos mexicanos que estamos urgidos de que esto cambie: de dejar de pasarnos los altos, de manejar tomados, de tirar la basura, de detener la violencia, de terminar con los carteles inmobiliarios, de parar con la misoginia, la violencia de género, y de tantas cosas que vemos mal.
Le diría que podemos solos, pero no, la verdad es que en esta adolescencia de país, todavía necesitamos alguien que nos muestre con su ejemplo y nos anime: ya ve cuánto tiempo me tomó hacerle esta carta. De lo que estoy seguro es que si nos da buenas muestras, podemos cambiar.
Yo sé que más de tres lo están intentando, pero todavía somos pocos. Usted, con su coherencia, puede hacer mucho. No se olvide que protestó hacerlo, y que las promesas, como los sueños, hay que cumplirlos, so pena de que se conviertan en pesadillas.
No se espere a que el pueblo se lo demande.
¡Qué ganas de que no solo me leyera, señor político, representante popular, o burócrata, sino que hiciera su examen de conciencia y actuara en consecuencia!
A veces hasta las rimas salen solitas.
Acerca de la foto
Por ahí de 2020 se abrió la casa de Los Pinos como centro cultural. Ahí hay un archivo histórico bien interesante del país. Hoy me la encontré de vuelta y justo coincidió con esta idea, que burbujeaba en mi mente. Siempre un museo es una invitación para seguir aprendiendo del pasado y revisarlo críticamente.