Séptimo día
─Las 5:45 del 19 de diciembre en Radio Esperanza, tu radio paisana─Dijo una voz seria, con un dejo de nerviosismo─ Seguimos en esta cobertura especial. La temperatura es de 47 grados Celsius en San Francisco y como les hemos venido informando, éste es el séptimo día de la impresionante ola de calor y fallos técnicos a nivel planetario. Aunque la presidenta pronunció un mensaje alentador hace escasas dos horas sobre la recuperación del sistema eléctrico nacional, the National Weather Service advierte que las temperaturas continuarán ascendiendo de forma irreversible a un ritmo de entre 0,2 y 0,4 por ciento diario. Ayer a las 11 de la noche en Tarragona, España…─
Apagó la radio y se hizo el silencio. Siguió conduciendo a través de una ciudad casi negra (Dark City, pensó). Funcionaban escasas farolas alimentadas por energía solar; aunque se decía que el treinta por ciento de la población tenía formas alternas de electricidad, las baterías apenas resistían los embates del calor. Inició un monólogo dirigido a su copiloto:
─En este mundo solo hay dos tipos de personas: las que se dejan engañar y las que se engañan a sí mismas. No sé cuál sea más letal para nuestra sociedad, pero si tuviera que formarme en una de las dos filas, diría que pertenezco a la segunda: siempre supe que vivía en un mundo falso y efímero, así que decidí salir de él. A los diecinueve abandoné Puebla para dejar atrás la zalamería social: que si eras hijo, sobrino o nieto de tal. Nunca me gustó: en cuanto logré zafarme tomé un autobús y me largué a Yucatán, lo más alejado.
Conocí a Marie y además de mucho sexo tuvimos un desliz que luego se convirtió en un hermoso hijo. A mis veintitantos. Lo amé con pasión y todo mi corazón pero su familia era una calamidad. No pude quedarme mucho tiempo. Altivos, transgresores, incomprensivos y de vieja escuela: una extraña mezcla de soberbia yucateco-francesa y testarudez mexicana. ¿Salirme de la burbuja poblana para quedarme secuestrado en la yucateca? Su ritmo de vida y forma de ser apestaban como hoy las casas: a mar, a pañal mojado, a limpiador de pisos y basura estancada. Un día más y me habría suicidado. Me fui a buscar una mejor vida un viernes por la noche. Literal, salí por cigarrillos y nunca volví.
─Siempre extremo, Ray, ─le dijo su hermano─ detrás de ese empresario siempre tuviste algo de comediante. Él no respondió y siguió hablando.
─Después de ver a un abogado que me costó muchas puteadas paternas decidimos aplicar por una visa de perseguido político. Volé a Nueva York. En JFK me detuvieron y llevaron esposado. El esfuerzo valió la pena: dos años más tarde tenía una visa de refugiado por el apellido familiar. Gracias tío Enrique, que moriste esperando la justicia venezolana, por ti me reconocieron como migrante y USA, el gran país de la democracia mundial me abrió las puertas.
La nación del éxito y del empresariado fue también el primer sitio donde tuve la sensación del mundo podrido: días brillantes y finos disfrutados en buenos restaurantes y -confieso que nunca perdí el hábito familiar de la lectura- grandes librerías donde cada impreso huele a tinta y celulosa, donde todos los gadgets no olían a chino, sino a plástico fino, como la canción de Rubén. El contraste venía por las noches: las calles cada vez más saturadas de homeless, y un hedor creciente. Olía a gente de colores, a orina, a basura podrida y a pavimento seco sobre el que caían en capas, líquidos inenarrables que mezclados al sol, desprendían su hediondez.
Reparé casas de todos los políticos de la ciudad: el honor y respeto a la democracia venezolana me abrieron las puertas. Siempre fui ese expatriado exitoso al que ayuda el posicionamiento político. Me casé con la rubia despampanante de Hollywood y viví a crédito toda la vida. Auto, casa, perro con pedigrí, e hijos en la Ivy League que pronto entendieron cómo funciona este sistema educativo y lo aplicaron: hoy, jóvenes triunfadores que aman a América y a la libertad.
─Tú no estás hablando en serio Ray, ¿no? No puedes discursear de libertad y de democracia así. Eso es un engaño, la mofa que siempre hicieron los gringos del mundo, el argumento de ese presidente imbécil que inició todo esto.─ Ray lo miró de reojo sin desviar la vista del camino negro, impenetrable.
─Te dije que soy de los que se engañan a sí mismos, Jorge─ Y continuó. ─Hoy que todo apesta y el mundo se acaba me doy cuenta que siempre me mentí. Me dije que este mundo se hundiría solo para algunos: los que se dejaban seducir por el discurso de que solucionarían el cambio climático bajándose del auto, o la contaminación separando la basura. Me engañé pensando que se joderían los pobres, los que no pudieran comprar máscaras de oxígeno, o vivir en fraccionamientos bardeados; los que jamás podrían producir sus propios alimentos.
Nosotros, en cambio, lo teníamos todo previsto: el aumento de temperatura, la subida del nivel de los mares, la extinción de las especies salvajes, la escasez de agua, las revueltas sociales, los gobiernos populistas, las nuevas pandemias, la tercera guerra mundial. Lo teníamos todo: bunkers, dinero en efectivo, agua, reservas de plantas, semillas, huertos bajo la tierra, energía solar, cavas, congeladores gigantes, reactivos químicos para producir nuestras medicinas, baterías… ¡Todo! Ahorramos durante años. Ellos, los que se dejan engañar hicieron lo opuesto: firmaron Kyoto, se compraron la filosofía 2030, colectaron agua de lluvia, invirtieron en huertos, se certificaron orgánicos, hicieron maestrías en ecología y salieron a marchar por la naturaleza. ¿Para qué? Para cosechar agua, para comer sano, evitar el cáncer, EVITAR que este planeta apeste. ¡Nada funcionó! Hace siete días, mientras unos festejaban a la Virgen que siempre los engañó, el mundo se vino abajo.
─Puta madre─ dijo Jorge─ Bajó un poco la ventana para tomar aire pero sintió un olor ácido, acre. Le llegaban notas de nafta, de líquido para pisos, plomo, gasolina, y al final, volvía siempre ese olor embrutecedor de fermento, de lo que se quedó en el bote de basura demasiado tiempo, que te voltea el estómago sin que tengas que verlo. Subió el vidrio.
─El olor de la muerte. Lo vivo todos los días. Como si cien, mil, cinco millones de camiones de basura escupiesen simultáneamente su estómago en las calles del mundo. Así está San Francisco. Huele a todo el pescado podrido del año: a pieles de camarón, a vísceras de atún, a ojos de peces de todos los colores. Es nauseabundo. Dicen que en las montañas corre un líquido como de manzana pasada, marrón. Parece que las pieles de las vacas están llenas de gusanos.
─Hace una semana salí corriendo de la oficina ─siguió Raymundo─ Pasé por Margarita y volamos al bunker, a ponernos las máscaras mientras Ellos, los engañados, hacían filas para recibir las suyas. El gobierno nunca tuvo suficientes kits de urgencia y mientras esperaban se cubrían la nariz con trapos con vinagre. Cayeron como moscas: primero los más sanos, los que tenían los pulmones puros, sin obstrucciones. El dióxido de carbono y los metales entraban como el agua en las grietas del desierto. El olor, combinado con los cincuenta grados Celsius era irrespirable; los insectos se les metían por las fosas nasales, por los oídos, por cualquier resquicio en la boca; se pegaban a los ojos. La gente iba del dispensario a la escuela; del County al centro de salud. Nada. Las máscaras, las medicinas, los trajes de emergencia. Todo desapareció junto a la humanidad y los buenos modales.
Los previsores que tenían casas de campo y presumían de los materiales para sobrevivir se llevaron la gran sorpresa: la marabunta se les adelantó y vació sus huertos y refrigeradores. ¿No eran comunitarios? Pobres ilusos, pensaron que el fin del mundo sería organizado. Ellos no tenían nada; nosotros, todo. Los engañados se dejaron llevar por la confianza; nosotros adoptamos la certeza pero, ¿sabes qué? El engaño nos unió a todos en esta tragedia, en este fétido destino: el dinero era ajeno, las penas y el aire, de todos nosotros.
─Y sí, interrumpió Jorge─ El 12 de diciembre se juntaron los dioses de las religiones, de la ciencia y de la naturaleza en un fenómeno inaudito: Zaira, el último huracán de la estación y el Mistral en Francia, atípicos como todo lo que venía pasando, se llevaron la contaminación de la fiesta de la Virgen de Guadalupe y de la Inmaculada Concepción a pasear por el mundo. La pólvora, el fósforo y los festejos se mezclaron con el petróleo de Tula, las bombas de Hebrón y el aire del Sahara, o vaya usted a saber con qué más, pero llegó el derrumbe final: estallaron Tula, el reactor del centro de investigación nuclear del Néguev, y dos centrales atómicas en Francia. Ayer fue Vandellós en Tarragona.
¿Sabes? Me hace pensar en esa teoría de que los templarios controlaban la emisión de energías y el eje de la tierra desde antenas globales: Chartres, el Musée des Arts et Métiers y las catedrales de Europa. En esta época, solo los centros cambiaron: La Basílica de Guadalupe emitió la señal, Zaira y el Mistral la transportaron hasta el otro lado del océano y reventaron los reactores. Nos inundamos todos de ese aire ácido, de la lluvia gris y del calor insoportable: sesenta grados en Ciudad de México, ochenta y tres en el Sahara, ¡ochenta en Nueva York! Fuegos, cultivos achicharrados, bosques y autos eléctricos cocidos como huevos en una sartén. Los peces salen casi hervidos del mar: no, los ejes del mal no eran las iglesias ni el Empire State, sino las farmacéuticas, los almacenes de baterías, las refinerías y las centrales nucleares. Los dueños del mundo crearon la ola que fundió al humano.
─Y ahora vamos al búnker a morir como ratas ─dijo Ray mientras encendía la radio de nuevo. ─¿No decían algo de España?
─… Y nos reportan de último momento que las refinerías de Valero y Phillips 66, aquí en California, se encuentran en llamas. En China se habla de más de 20 refinerías ardiendo, mientras que han sido evacuadas doce ciudades; en México…─ La apagó de nuevo.
─Y al séptimo día, Dios destruyó al mundo, Ray. Esto ya no tiene solución. Deja que Margarita y los chicos traten de sobrevivir, pero no me lleves a ese hoyo, te lo ruego. Vamos a ver lo que queda de árboles, que ya hicimos suficiente daño.
Ray enfiló hacia la primera brecha que encontró en el bosque a la salida de la ciudad y paró donde pudo. El reloj marcaba las 5:53, y el sol iluminaba tenuemente el cielo mientras desde el Oeste se colaban enormes nubes negras impulsadas por el viento de la costa. Jorge bajó con sus muletas de la camioneta y se acercó al primer árbol. El aire quemaba y el pino se sentía casi ardiendo. Aún así, puso su mano en él y miró a Ray.
─Engañados o engañadores, aquí se termina el camino. Mírate, mírame, con estas máscaras ridículas en un bosque, respirando aire falso. Mira la nube negra, símbolo del antropoceno, cubriendo la tierra con su manto de ignorancia. ¡Feliz 19 de diciembre de 2084, séptimo día del fin de la creación!
Ray también se quitó la máscara y juntos se abrazaron en el árbol, mientras la nube negra lo cubría todo. Justo después, el mundo entero se abrasó.
Más
Hace rato que el fin del mundo es recurrente en conversas con amigos. Si te has dado una vuelta por la sección en que presento a Los Guardianes, ahí incluso explico que el terreno será un buen espacio para sentarse a verlo.
¿Que si soy pesimista? Bueno, eso depende. En realidad, tengo mis momentos, pero percibo desde hace tiempo que en el mundo, como lo conocimos, el de las fronteras abiertas y gente educada, preocupada por un mejor planeta, el de los alimentos sanos, de las ciudades amigables y no pervertidas por el miedo, ese mundo en el que se podía criticar y debatir desde la racionalidad, ya se fue.
Quedan, sí, algunos espacios, como manchones de salud, en los que todavía se pelea, se argumenta, se intenta rescatar la naturaleza o los alimentos, y se conglomeran soñadores e idealistas. Pero este mundo va más hacia la ficción orweliana o bradburyana que rumbo al paraíso que derrama leche y miel. Buena parte de este planeta está regida por el dinero y la avaricia acumuladora.
A veces me imagino al mundo capitalista concentrador de la sociedad gaseosa como el Imperio Romano del César de Goscinny y Uderzo, y en él los espacios de los que aún vamos a contracorriente serían como aldeas de los Locos Galos. No me pregunten si soy el druida Panoramix, el jefe Abraracourcix, el bardo Assuranceturix, Ordenalabetix o Idefix, pero de que podría ser uno de ellos, seguro que sí.
En fin, este cuento es el primero que hago desde que falleciera el viejo y lo hice porque el buen Lalo me mandó una convocatoria de esas que no tienen pies ni cabeza (porque seguro seré ganador a cambio de pagar mi autoedición), pero que finalmente reflejaba un tema de interés. Ojalá les despierte algo.
Comentarios abajo.
La(s) foto(s)
La portada, hecha a partir de una conversa con mi amigo Pablo: todos vemos el fuego y el planeta en crisis, pero preferimos concentrarnos en el “yo”, y no en la sociedad. Readaptación del meme.
La de Asterix, de una de las portadas de sus historias. Tal vez la más dark que recuerde.
octubre 7, 2025 @ 2:03 am
Por cierto: este cuento era para un concurso. Tenía un límite de palabras y una regla: que contara los últimos minutos antes del fin del mundo. Así lo intenté y adapté.
Los del concurso dicen que gané, que solo tengo que pagar unos cuantos pesos y lo veré publicado, y que si pago más, entonces me tocan hasta algunas copias… prefiero simplemente dejarlo así, libre para que cualquiera lo lea, sin tener que pagar nada. Total, el fin del mundo se acerca. Arrepentíos, pecadores!
julio 7, 2025 @ 8:01 pm
Aushhhh me dolió la verdad pero me hizo sacar la cabeza del hoyo… Cada día vivo para el sistema laboral, voy de un lado a otro cubriendo las necesidades q en algún momento no serán necesarias y apoyo campañas ambientales más no hago nada solo sigo adelante… Creo q este final mencionado será el verdadero final pero me miento para seguir laborando, hoy pensaré desde q punto veré la película del desastre ambiental ya que no podré evitarlo solo sobre llevarlo… Mil gracias por estremeserme y volver a la consciencia…
julio 14, 2025 @ 3:50 am
Hagamos algo ! Podemos cambiar todo esto. Pronto más!