El sociólogo odia tanto a la sociedad, que la estudia para explicar sus fracasos.
El psicólogo tiene tantas dudas de sí mismo, que prefiere resolverlas en sus conejillos de indias.
El politólogo es tan narcicista que solo convence por amor propio.
El comunicólogo tiene tanto que decir, que termina perdiéndose en su discurso.
El mercadólogo es tan bueno para mentir que vende un hobby como una profesión.
El antropólogo piensa tanto en los humanos, que ignora qué es él mismo.
¿Qué decir de otras profesiones, sino que en el fondo son la antítesis de su búsqueda? El abogado estudia para romper la ley, el médico para vender la vida, y el contador para no pagar impuestos. El historiador se entretiene en tejer relatos sesgados; el herrero ama tener un azadón de palo, y el agricultor echa químicos para acabar con la vida.
Cada profesional es más o menos un Sócrates que se autoreceta la cicuta: un deliberado suicidio social como excusa de la complacencia.
Solo el músico y el juglar hacen bien lo suyo: cantan sin saber, y cuentan por rimar, por el gusto de alimentar el fabulario. Con siete notas y veintiséis letras, componen un mundo, le ponen ritmo y nos hacen bailar, hasta con la más fea.
Inspirado en Arreola y Ribeyro, dos grandes maestros de la sátira.
¡Si no te tocó leer el Bestiario del maestro Juan José Arreola, corre por él! Y Si no conoces a Julio Ramón Ribeyro, también te podrías estar perdiendo de un excelente cuentista y prosista peruano.
Acerca de la foto: rescatada muy recientemente de un disco duro. Pelejo, o perezoso de la amazonía, fotografiado por un servidor en el poblado de Sauce, en la provincia de San Martín, por ahí de 2009 .